viernes, 2 de noviembre de 2007

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

En la necesidad de organizar todo el caudal de reflexión teológica, social y espiritual de la Iglesia que mira al mundo, la Santa Sede nos entregó hace unos años el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, como una herramienta indiscutible al momento de dar respustas a nuestra realidad social.

Si bien los comienzos de la DSI (Doctrina Social de la Iglesia) están fuertemente marcados por la primera encíclica social del Papa León XIII "Rerum Novarum", podemos decir que existen antecedentes de lo que hoy es la DSI en los profetas del Antiguo Testamento, pasando por el mensaje mismo del Evangelio y las Cartas Apostólicas, y continuando con el mensaje pastoral de los Padres de la Iglesia y los pontificados de los diversos siglos.

Su escencia es el mismo Evangelio, el mensaje de Salvación que Dios comunica a cada hombre a lo largo de la historia. Allí, en la palabra de Jesús, la DSI halla su fundamento y su contenido. La ley del Señor, el mandamiento nuevo, encuentra en la DSI una muy concreta expresión: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Por lo tanto, la DSI se funda en la caridad cristiana, que el mismo Señor Jesús nos invita a vivir, siguiendo su ejemplo: amar aún a los enemigos. Amar hasta dar la vida por los hermanos. Amar en medio del dolor y transitando las oscuras sombras de la muerte, sabiendo que el amor nos asegura la luz y la vida eterna.

El Evangelio es un mensaje para todos los hombres. No es una Palabra encerrada solo para quienes creen en Jesús. Siendo un mensaje para la humanidad, el Evangelio es un mensaje para llevar a la vida cotidiana, a la vida de los hombres, para iluminar sus acciones, para defender la vida misma, para denunciar lo que atenta contra todo hombre y su plena realización. Es este el lugar de la DSI, ya que su caudal de conocimiento y reflexión intenta acercar, en lo concreto, el Evangelio a la vida de cada hombre.

De este modo, la Iglesia no debe hacer política pero debe iluminar las desiciones de los hombres y sus gobernantes. No debe manejar la economía de los pueblos, pero debe alertar cuando grandes masas de gente sufren la desproporción en la repartición de bienes y viven así una clara injusticia. La iglesia no puede organizar la sociedad, pero debe defender a quienes nadie mira, ni son tenidos en cuenta para nada.

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